lunes, 7 de marzo de 2011

LAS ERAS DE LA GLOBALIZACIÓN




I. LA EDAD TIRANOSÁURICA


Hace millones de años surgió en Africa el hombre sapiens-demens, a partir de un primate superior. Miles y miles de años después, comenzó su dispersión, primero por Europa, después por las Américas y finalmente por Polinesia y Oceanía. Hace cuarenta mil años, al final del paleolítico superior, ocupaba ya todo el planeta y alcanzaba a un millón de personas. Creó civilizaciones y estados-naciones.

A partir del siglo XVI, comenzó un período de diáspora. Desde 1492 se inició un inmenso proceso de expansión de Occidente y de intercambio global. En 1492, Colón hizo conocer a los europeos la existencia de otras tierras habitadas. Hernando de Magallanes (1521) comprobó que la Tierra era efectivamente redonda y que se podía llegar a cualquier lugar a partir de cualquier parte. Las potencias hegemónicas del siglo XVI -España y Portugal- elaboraron por primera vez un proyecto-mundo. Se expandieron por Africa, América y Asia. Occidentalizaron el mundo.

Ese proceso se prolongó en el siglo XIX con el imperialismo occidental, que sometió a sangre y fuego a todo el mundo conocido a sus intereses culturales, religiosos y especialmente comerciales. Los fusiles y los cañones hablaron más alto que la razón y la religión. Occidente europeo se convirtió en una hiena para los otros pueblos. Nosotros, en el extremo de Occidente, ya nacimos globalizados y por experiencia sabemos lo que significa la globalización sentida y sufrida como globocolonización.
Ese proceso culmina a partir de la segunda mitad del siglo XX con una nueva expansión occidental bajo hegemonía de Estados Unidos, mediante la tecnología y la ciencia, como instrumento de riqueza y arma de dominación, mediante las corporaciones multinacionales y globales que controlan los mercados mediante una cultura occidental homogeneizadora y desintegradora de las culturas regionales, a través de un único modo de producción capitalista, asentado sobre la competencia que destruye los lazos de sociabilidad y cooperación, con un pensamiento único, neoliberal, que se entiende como única forma racional de organización de la sociedad.
Lo más grave es que la Tierra se ha convertido en un banco de negocios, en el cual todo es comercializado y convertido en objeto de lucro. No se respeta la autonomía ni la subjetividad de la Tierra en cuanto Gaia. Se desconocen nuestras raíces telúricas y nuestro origen, pues, como seres humanos, venimos de la Tierra. Las palabras hombre y Adán vienen de humus (tierra fértil) y Adán viene de Adamah (tierra fecunda) y significa hijo de la tierra fecunda.
Sea como fuere, el proceso de globalización que comenzó se encuentra aún en curso. A nuestro juicio, tiene tres edades que queremos analizar: la globalización tiranosáurica, la globalización humana y la globalización ecozoica.
Consideraremos a continuación, la primera edad que actualmente es la hegemónica. La llamamos tiranosáurica porque por su virulencia tiene analogías con los tiranosaurios, los más voraces de todos los dinosaurios. Como consecuencia, la lógica de la competencia impone rasgos de impiedad a la globalización imperante. Excluye a cerca de la mitad de la humanidad. Chupa la sangre de las economías de los países débiles y atrasados, condenando cruelmente a millones y millones de personas al hambre y la inanición. Impone costos ecológicos de tal magnitud que ponen en peligro la biósfera, contaminando el aire, envenenando los suelos, polucionando las aguas y contaminando los alimentos con productos químicos nocivos. No frena su voracidad tiranosáurica ni se detiene ante la posibilidad real de impedir el proyecto planetario humano. Prefiere la muerte a la reducción de sus ganancias.
Ese modelo de globalización excluyente puede dividir la familia humana por un lado en un pequeño grupo de naciones ricas sumidas en el consumo material con una espantosa pobreza espiritual y humana, y por otro lado, multitudes barbarizadas, entregadas a su propia suerte, combustible para el funcionamiento de la maquinaria productivista y condenadas a morir antes de tiempo, víctimas del hambre, de las enfermedades de los pobres y la degradación general de la Tierra. Hay mil razones para oponerse a ese tipo de globalización. Ella no se puede eternizar, so pena de destruir el futuro de la especie.
No obstante sus contradicciones esta edad tiene mucho de positivo: ha creado las precondiciones para las edades humana y ecozoica de la globalización, como lo veremos enseguida.

II. LA EDAD HUMANA


La globalización tiranosáurica, a pesar de sus contradicciones internas, creó las condiciones de infraestructura y materiales para que surjan las otras formas de globalización: proyectó las grandes avenidas de comunicación global, construyó la red comercial y financiera, incentivó el intercambio entre todos los pueblos, los continentes y las naciones. Sin esas precondiciones sería imposible soñar con una globalización de otro tipo.
Ahora bien, establecida la globalización material, la globalización humana debe rescatar sus conquistas en un contexto más amplio e inclusivo y buscar allí la hegemonía, simultáneamente en varios frentes: antropológico, político, ético y espiritual. Veamos.
Se impone más y más la conciencia colectiva de la unidad de la especie humana, sapiens e demens. Por grandes que sean las diferencias culturales, tenemos una básica unidad genética, la misma constitución anatómica, los mismos mecanismos psicológicos, los mismos impulsos espirituales, los mismos deseos arquetípicos. Aunque cambien los códigos de expresión, todos ellos son portadores de cuidado, de amor, de expresión artística o de experiencia espiritual. Simultáneamente se manifiesta también nuestra capacidad de egoísmo, de exclusión del otro, de violencia contra la naturaleza y de destrucción. Somos una unidad compleja de esos contrarios.
Se difunde cada vez la convicción de que cada persona es sagrada y sujeto de dignidad. Es un fin en sí mismo, un proyecto infinito, un rostro visible del Misterio del mundo, un hijo y una hija de Dios. En nombre de esta dignidad se codificaron los derechos humanos fundamentales, personales, sociales y de los pueblos. Por fin se elaboró una carta de dignitas Terrae, traducida en los derechos de la Tierra como superorganismo vivo, de los ecosistemas, de los animales y de todo lo que existe y vive.
La democracia como valor universal que debe ser vivido en todas las instancias humanas penetra lentamente en las visiones políticas mundiales. Vale decir, cada ser humano tiene derecho a participar en el mundo social que ayuda a crear con su presencia y su trabajo. El poder debe ser controlado para que no se convierta en tiránico. La violencia no es el camino para soluciones duraderas. El camino es el diálogo, la tolerancia y la búsqueda permanente de convergencias en la diversidad. La paz es -simultáneamente- método y meta, como fruto de la irrenunciable justicia societal y del cuidado y preocupación de todos por todos. Las instituciones deben ser mínimamente justas y equitativas.
Un consenso básico para una ética global se concentra en la humanitas de la cual todos y cada uno somos portadores. Más que un concepto, la humanitas es un sentimiento profundo de que somos, finalmente, hermanos y hermanas, que venimos del mismo origen, que tenemos una misma naturaleza físico-química-bio-socio-cultural-espiritual y que participamos de un mismo destino. Debemos tratarnos humanamente de acuerdo a la ley áurea que dice: "no hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti".
Respeto frente a la vida, respeto inviolable a los inocentes, preservación de la integridad física y psíquica de las personas y de todo lo creado, reconocimiento del derecho del otro a existir, constituyen pilares básicos sobre los cuales se construye una sociabilidad humana, los valores y el sentido de nuestro breve paso por este planeta.
Experiencias espirituales de los pueblos originarios y de las culturas contemporáneas se encuentran e intercambian visiones. Mediante ellas el ser humano se re-liga a la Fuente originaria de todo el ser, identifica un lazo misterioso que orienta todo el universo y re-unifica todas las cosas interretro conectadas en un todo dinámico y abierto en todas direcciones. Son esas experiencias espirituales las que estructuran nuestra subjetividad y nos abren paso a horizontes que trascienden el universo. Sólo esa dimensión de extrapolación o superación de toda medida de espacio/tiempo y de todo deseo es lo que hace que el ser humano se sienta realmente humano. Es una lección que ya nos enseñaron los griegos.
La era humana de la globalización no ha conquistado aún la hegemonía. Pero sus ingredientes son identificables en esta fermentación de la masa de la historia y las conciencias. Algún día irrumpirá gloriosa. Inaugurará una nueva historia de la familia humana que ha caminado tanto tiempo en busca de sus orígenes comunes y de la Casa materna.

III. LA EDAD ECOZOICA


El término "ecozoico" fue creado por dos norteamericanos, un cosmólogo, Brian Swimme, y un antropólogo cultural, Thomas Berry, autores de la más importante Historia del Universo. Es la era que siguió al cenozoico, hace 65 millones de años, después de la catástrofe que diezmó a los dinosaurios y cuando los mamíferos alcanzaron un desarrollo sin precedentes. Nosotros venimos de allí.
La edad ecozoica representa la culminación de la edad humana de la globalización. Su característica básica reside en el nuevo acuerdo de respeto, veneración y mutua colaboración entre la Tierra y la Humanidad. Es la edad de la ecología integral, de allí su nombre de ecozoica. Crecientemente concientizamos el hecho de que somos un momento dentro de un proceso de miles y miles de millones de años. Nos encontramos actualmente en un tejido de relaciones vitales, de las cuales somos co-responsables. Después de tantas intervenciones en los ritmos de la naturaleza, sin cuidarnos de las consecuencias perjudiciales, nos damos cuenta que la revolución consiste ahora en preservar lo más que se pueda el legado de la naturaleza y usarlo con responsabilidad.
Está naciendo un nuevo cariño y una nueva consideración hacia la Tierra. Ella es como una nave espacial con recursos abundantes pero limitados. Sólo con la solidaridad de todos podemos hacer que esos recursos sean suficientes para toda la comunidad de vida. O nos cuidamos unos a otros y juntos cuidamos la Tierra, o la nave espacial caerá y desapareceremos.
Desde esta óptica surge una nueva ética. Por todos lados surgen grupos que se orientan por un nuevo patrón de comportamiento. Representa aquello que Pierre Teilhard de Chardin llamó la noósfera, aquella esfera en la cual las mentes y los corazones (el sentido griego de noos) entrarían en sintonía fina, caracterizada por la solidaridad entre todos, por la "amorización" y la espiritualización de las intencionalidades colectivas. Ellas se coordinarían para garantizar la paz, la integridad de la creación y el sustrato material suficiente para todos. Libres y aliviados podremos vivir entonces en nuestra dimensión específica de convivir humanamente, de conjugar el trabajo y la poesía, la eficiencia con la gratuidad y podremos alegrarnos y cantar como hermanos y hermanas, en nuestra casa.
Esa conciencia de mutua pertenencia Tierra-Humanidad se refuerza poderosamente con la visión que nos entregan los astronautas. Sigmund Jähn, al regresar a la tierra, expresó en esta forma la modificación que había experimentado su conciencia: "Ya se han sobrepasado las fronteras políticas y también las fronteras de las naciones. Somos un solo pueblo y cada uno es responsable por la mantención del frágil equilibrio de la Tierra. Somos sus guardianes y debemos cuidar de nuestro porvenir común".
Esa percepción de la Tierra vista desde fuera de la Tierra origina una nueva sacralidad. Tal vez el sentido secreto de los viajes al espacio exterior tengan ese significado profundo que ha expresado bien J.P. Allen, otro astronauta: "Se discute mucho sobre los pro y los contra de los viajes a la Luna: pero hasta hoy no escuché a nadie que argumentara que deberíamos ir a la Luna para poder contemplar la Tierra desde allí. Después de todo, esa fue seguramente la verdadera razón de haber ido a la Luna".
Desde allí, desde la Luna, no hay distinción entre Tierra y Humanidad. Ambas forman una sola entidad. La Humanidad no está únicamente sobre la Tierra, es la propia Tierra la que se agita, se vuelve sobre sí misma, ama, cuida y respeta.
Transformar esa conciencia en un estado permanente, sin que necesitemos pensar en él, significa vivir ya en la era ecozoica.
La Declaración de la Tierra pensada para tener el mismo valor que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, está orientada por la visión ecozoica. Dice en la introducción: "La humanidad es parte de un vasto universo en evolución. La Tierra, nuestro hogar, está viva con una única comunidad de vida...
El espíritu de solidaridad humana y de parentesco con toda la forma de vida se fortalece cuando vivimos con reverencia el misterio de la existencia, con gratitud por la vida presente y con humildad considerando el lugar que en la naturaleza ocupa el ser humano… Nuestra opción es formar una alianza global para cuidar de la Tierra y cuidarnos los unos a los otros, o bien arriesgar nuestra destrucción y de la diversidad de la vida. "Esos criterios están penetrando en la conciencia colectiva e irradian sobre todo el curso de la sociedad, a pesar de los obstáculos que coloca la era tiranosáurica.
La realización de la globalización humana y ecozoica representará el fin del exilio. Todas las tribus de la Tierra se encontrarán a partir de entonces en la gran "taba"(1) común, en el espacio comunitario, en el seno de la grande y generosa Madre Tierra. En fin...


Autor: LEONARDO BOFF

(1) Habitación común de indígenas de América del Sur.




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